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El vínculo supremo

Juan 13:34 (NTV): «Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros».

En el Mundial de México 1970, Brasil sorprendió al mundo por su compañerismo. Tenían a cinco jugadores excelentes que usaban el número 10 en sus clubes, acostumbrados a ser los mejores de sus equipos. Sin embargo, para ganar, renunciaron a ser el centro: Pelé jugó más retrasado, otros cambiaron de posición y se cuidaron las espaldas. En la final, casi todo el equipo tocó el balón antes del último gol. Nadie buscó la gloria personal; jugaron por amor a sus compañeros. Y ganaron.

Hoy vivimos la emoción de un mundial, pero la vida cristiana es el verdadero juego en equipo que se vive cada día. En la familia, el trabajo, la iglesia o el barrio, siempre estamos rodeados de personas que son parte de nuestro equipo. Jesús no nos pide compartir un espacio por compromiso, sino que nos unamos por un amor real y recíproco.

La unidad no nace de estrategias, nace de un corazón dispuesto a cuidar al que tiene a tu lado. Jesús cambió las normas del juego: su secreto fue amarnos unos a otros siguiendo su propio ejemplo sacrificial. Al mirar cómo se entregó, podemos amar a cualquiera que Dios ponga en nuestra cancha. Para ganar, no busquemos brillar solos; juguemos bajo su regla: amarnos unos a otros