“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
Juan 10:11
Hay momentos en los que seguimos dando…
pero por dentro nos sentimos agotados.
No siempre es evidente. A veces es la carga de sostener, cuidar, proveer, decidir. De querer estar para otros, hacerlo bien, no fallar. Caminamos, acompañamos, guiamos… pero con fuerzas que ya no alcanzan igual. Quienes cuidan lo saben.
Hay amor, sí. Pero también cansancio silencioso, presión constante, y la sensación de que siempre hay algo más que atender. Y en medio de todo eso, Jesús hace una declaración que cambia la perspectiva:
“Yo soy el buen pastor…” (Juan 10:11).
No solo nos llama a seguirle. Nos muestra cómo cuidar… sin perder el alma en el intento.
Jesús conoce a los suyos. Los guía, los protege y se entrega por ellos. Y al mismo tiempo, nos invita a permanecer en su cuidado. Porque nadie puede sostener a otros si no aprende primero a descansar en Él.
También dice:
“Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo… y hallará pastos.” (Juan 10:9).
En Él encontramos seguridad. Espacio para pausar. Un lugar donde el alma puede respirar.
Por eso, en los próximos días queremos caminar contigo desde este lugar. No desde la exigencia, sino desde el cuidado. No desde el desgaste, sino desde el descanso. No desde la carga… sino desde la guía del Buen Pastor.
Porque cuando reconocemos su voz, dejamos de vivir desde la presión…
y empezamos a caminar desde la confianza.
Y aun en medio de la responsabilidad de cuidar y guiar a otros,
descubrimos que no lo hacemos solos.
La promesa sigue vigente:
“Como pastor apacentará su rebaño;
en su brazo llevará los corderos,
y en su seno los llevará.”
— Isaías 40:11, RVR1960.