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¿Te has esforzado haciendo algo y al final del día notaste que todo fue en vano?
En los tiempos bíblicos, una cisterna era un pozo excavado en la roca para recoger agua. Era un trabajo agotador, picar, cavar profundo y recubrir las paredes. Pero había un problema, si la roca se agrietaba, todo era inutil. Podías pasar toda la noche cargando agua, pero a la mañana siguiente, el pozo estaría vacío.
La adicción es así. Cavas y llenas la cisterna creyendo que podrás retener agua, pero al día siguiente vuelve a estar vacía. Es un intento inútil. Pones tu esperanza en que “esta vez” ese hábito o esa sustancia te dará la satisfacción que necesitas. Pero por más que intentes llenarla, nunca es suficiente.
Dios le dijo a Israel que vivían engañados al confiar en algo tan ilusorio como una cisterna rota, mientras abandonaban la única fuente de agua viva: Él.
Nadie cambiaría una fuente por una cisterna rota. La fuente fluye, es constante, es pura y satisface. La cisterna rota, en cambio, esclaviza.
Hoy pregúntate: ¿qué necesidad estás tratando de llenar con esa adicción? No te engañes. Necesitas la fuente viva de Jesús, no una cisterna agrietada que mañana volverá a estar vacía.