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La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran.”
— Santiago 1:14

¿Alguna vez hiciste algo sabiendo que después te arrepentirías?

Hace algunas semanas estuve en el oriente y una tarde los mosquitos decidieron hacer un banquete con mis piernas y terminé bastante picada. El problema con la picadura viene después, cuando no puedes parar de rascarte.

La picadura del mosquito produce en el cuerpo liberación de histamina, y por eso pica tanto. Su punto máximo de picazón llega entre 24 y 36 horas después de que fuiste picado. Empiezas a rascarte porque crees que eso te dará alivio, pero no te das cuenta de que eso produce más histamina. Al final, solo logras que sea más difícil que la roncha se cure.

La adicción funciona con esa misma lógica. Creemos que ceder a la tentación, al igual que rascarnos, nos va a aliviar y curar, pero es falso. Al ceder ante la tentación solo liberas más químicos en tu cerebro que refuerzan el deseo, y lo que parece aliviarnos solo mantiene viva la necesidad.

Santiago nos dice que el deseo primero nos seduce: nos hace creer que ceder nos va a aliviar, como cuando sentimos que rascarnos va a calmar la picazón. Pero una vez que empezamos, nos arrastra; ya no podemos parar, aunque sepamos que nos hace daño. Así funciona la tentación. Jesús nos da la fuerza para frenar ese primer impulso. Mientras menos rascas la roncha, menos pica, hasta que un día, sana.

Hoy pídele a Dios que te ayude a no ceder ante el primer deseo y ora todas las veces que lo necesites.