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¿Has notado qué pasa en una urbanización cuando un vecino decide pintar su fachada, arreglar su jardín y remodelar su entrada? De pronto, surge un «efecto dominó». Las casas de al lado empiezan a verse opacadas por la belleza de la remodelada y, casi sin darte cuenta, otros vecinos se motivan a reparar sus propias grietas. Al final, todo el barrio termina viéndose mejor solo porque alguien decidió dedicarle tiempo y trabajo a su propio hogar. El cambio de uno elevó el valor de todos.
Nehemías aplicó esta misma lógica para reconstruir los muros de una ciudad en ruinas. No intentó que todos hicieran todo; pidió que cada familia reparara el tramo que estaba justo frente a su casa. A veces queremos bajar los brazos porque sentimos que somos la única familia que intenta amar a Dios en un entorno que parece caerse a pedazos. Nos abruma el caos ajeno y olvidamos que nuestra mayor influencia es nuestra propia transformación. Si te enfocas en restaurar lo que está roto dentro de tus cuatro paredes, estás enviando una señal de esperanza a los que te rodean.
Tu fidelidad puede ser el impulso que otra familia necesitaba para buscar a Dios. Cuando decides construir sobre la Roca con excelencia, inspiras a otros a preguntarse por qué tu casa se mantiene firme. No te desesperes por el desorden del barrio; asegúrate de que el tramo frente a tu puerta sea sólido. Tu hogar restaurado es la invitación más poderosa para que otros también quieran buscar a ese Arquitecto.