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En el Mundial de 2014, la selección de Alemania sorprendió al mundo al golear 7-1 a Brasil. Más allá del resultado, lo impresionante fue su sincronización. Un analista deportivo escribió una frase increíble: «Brasil parecía once talentos individuales; Alemania parecía un solo cerebro dividido en once cuerpos». Ningún jugador intentó hacer la jugada de su vida; todos soltaron el brillo individual para moverse en perfecta armonía hacia el gol.
Vivir en armonía requiere aprender a ceder. A veces, en la familia, papá y mamá no estarán de acuerdo en algo, pero armonizar es saber bajarse de una postura por el bienestar de los hijos. En la iglesia o el trabajo, puede que tu idea o plan no hayan sido los ganadores, pero si el objetivo mayor es que el equipo avance o ganar almas para Jesús, está bien dar un paso atrás.
La armonía no significa que todos pensemos igual, sino que estemos dispuestos a soltar nuestros planes con tal de alcanzar la meta común. Cuando dejas de pelear por tener la razón, el Cuerpo de Cristo se fortalece. Al final del día, no importa quién meta el gol, sino que ganemos todos. Juguemos bajo esta regla: unidos en armonía para alcanzar la meta.