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En el Mundial de 2010, la selección de Francia protagonizó uno de los mayores desastres de la historia del fútbol por no saber resolver un conflicto. Tras una fuerte discusión entre el delantero Nicolas Anelka y el entrenador, el jugador fue expulsado. En lugar de manejar la situación con madurez, el resto del plantel se rebeló, se negó a entrenar y se encerró en el autobús. El vestuario se llenó de orgullo y amargura, lo que rompió la convivencia y causó que regresaran a casa en primera ronda sin ganar un solo partido.
Un equipo que no sabe perdonar se destruye desde adentro. La Biblia nos enseña que el perdón no es una opción, sino una necesidad para mantener limpio el Cuerpo de Cristo. Cuando permitimos que las ofensas se queden guardadas en el corazón, la amargura actúa como un virus que paraliza todo el trabajo colectivo.
En la convivencia diaria de la familia, el trabajo o el ministerio, los roces son inevitables. El secreto de la unidad no es fingir que nunca nos lastiman, sino tener la valentía de resolver las diferencias a tiempo. El perdón es el puente que restaura la confianza y nos permite seguir corriendo juntos hacia la meta.