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¿Beberías algo que sabes que te termina matando? Cuando alguien bebe agua salada, su cuerpo necesita usar más agua dulce de sus propias reservas para poder procesar la sal. En lugar de hidratar, el agua salada deshidrata. No te da vida; te roba lo que te queda.
Los relatos de marineros que, en su desesperación, bebieron del océano describen algo terrible. Primero llega un pequeño alivio… pero luego la mente se nubla, aparecen alucinaciones y el juicio desaparece. El náufrago empieza a querer más, aunque ese “más” lo esté matando.
Así funcionan las adicciones.
Proverbios dice que hay caminos que parecen derechos, caminos que se ven inofensivos, atractivos, dulces o incluso buenos… pero su final es la muerte.
Todo empieza con la mentira: “solo un poco”. Pero ese “poco” comienza a robarte la paz, tu tiempo, tu claridad y tu libertad.
Tal vez no es agua salada. Puede ser una relación que sabes que no te conviene, contenido que consumes a escondidas, alguna sustancia o la necesidad constante de aprobación.
Hoy pregúntate con honestidad: ¿qué estás bebiendo para calmar tu sed?
La sanidad comienza cuando reconocemos aquello que está deshidratando nuestra alma. Acércate hoy a Jesús. Él es la única fuente que puede llenar tu vida con agua verdadera.