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Existe un engaño común al enfrentar nuestras debilidades, creer que tenemos el control de nuestro corazón. Piensa en esas «velas mágicas» de los pasteles de cumpleaños. Las soplas y todos aplauden creyendo que el fuego se terminó; pero, en un segundo, se vuelve a encender la llama. Puedes intentarlo varias veces y verás que no es tan fácil apagarla.
El pecado detrás de una adicción tiene esa naturaleza insaciable. Después de unos días buenos o una temporada de victoria, caemos en el error más peligroso, bajar la guardia. Creemos que porque la llama no se ve, el fuego no existe. Pero el pecado no descansa.
Dios le advirtió a Caín que el pecado estaba «a la puerta», listo para controlarlo. La adicción es ese fuego insaciable que espera que te descuides y se vuelve a encender con más fuerza. Satanás ama nuestra autoconfianza, porque un guerrero que se cree ganador antes de tiempo, es un guerrero que deja de pelear.
No te declares ganador por tus propias fuerzas; declárate un guerrero dependiente de Dios. La propuesta de Él es que seas amo de tus deseos, pero solo podrás dominar esa llama si reconoces que, sin el auxilio del Señor, cualquier tentación volverá a encender el fuego.