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En el Mundial de 2022, la selección de Japón venía con una racha espectacular tras ganarle a gigantes como Alemania y España. Sin embargo, quedaron eliminados en penales. En lugar de buscar culpables o dividirse por la frustración, el equipo entero asumió la derrota unido. Se abrazaron, lloraron juntos y, al regresar al camerino destrozados, limpiaron el lugar por completo, dejándolo impecable junto a notas de agradecimiento. Ellos entendieron que su valor no dependía de un resultado.
La unidad en un equipo no es sinónimo de triunfo constante. La propuesta de Dios no es que ganemos siempre, sino que cuando la batalla se pone difícil, nos animemos unos a otros con Sus promesas. El mundo nos enseña que solo el que levanta la copa tiene éxito, pero en el Reino, el verdadero triunfo muchas veces no es ganar, sino todo lo que aprendimos y maduramos en el proceso.
Cuando los planes fallan en la familia, el trabajo o el ministerio, la meta no se destruye si el grupo permanece firme. Es en la adversidad donde se prueba el verdadero compañerismo. No permitamos que una pérdida nos robe la paz. Aprendamos a sostenernos en el dolor, a valorar el crecimiento compartido y a levantarnos listos para lo que viene.