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TRES ENEMIGOS EN EL MATRIMONIO

TRES ENEMIGOS EN EL MATRIMONIO

Este mes mi esposo y yo cumplimos tres años de casados. Debo comenzar contándoles que Andrés y yo somos muy diferentes y, durante estos primeros años de matrimonio, no todo ha sido color de rosas. Luego de los primeros meses de luna de miel aparece el verdadero desafío del matrimonio: APRENDER A AMAR.

¿Que si yo sabía amar antes de casarme? Diría que sí. Mi amor no era perfecto, pero creo que lo hacía bastante bien con la ayuda de Dios. Al menos eso era lo que pensaba. Después de tres años estando casada, me doy cuenta de que no había sido tanto así. Mi amor ha sido perfeccionado en el matrimonio y aún continúa siéndolo.

Amar al prójimo es una cosa: amar a los padres, a los hermanos, a los amigos, a los colegas de trabajo, a los vecinos, a la viuda, al huérfano, al extranjero, al indigente, al enemigo, etc., etc. Venimos toda una vida practicando este amor.

Amarnos a nosotros mismos es otra cosa que venimos practicando toda una vida. Pero algo distinto es: “amarse a ‘uno mismo’ y que ese ‘uno mismo’ no sea uno”.

¿Qué es eso? Se preguntarán. ¿Qué significa esa frase tan rara que acabas de lanzar? Ya sé que parece un enigma o algo que no tiene sentido, pero es lo que es. Amar al cónyuge es amarse a uno mismo. Va más a allá de amar a alguien con el que se convive. Dicen algunos que el matrimonio se vuelve difícil debido a que el factor “convivencia” entra en juego. Pero no es solo eso, se trata de un desafío y compromiso de amor altamente espiritual que no se lo tiene con ninguna otra persona.

Para darles un ejemplo: En mi familia de origen, cuando vivíamos aún en casa ya de adultos teníamos la costumbre de que cada uno se arregle como pueda en las comidas. Es más, cada uno hacía sus compras y dentro de la refrigeradora se etiquetaban con nombre ciertas cosas para no confundirlas. Esto lo hacíamos para llevar un orden y por respeto a los demás. Si alguien comía algo, nadie estaba obligado a brindar nada, aunque muchas veces lo hacíamos. Pero no era nada de “vida o muerte” cuando alguien no lo hacía. En la casa de origen de mi esposo, las cosas eran diferentes. Todos compartían en la mesa las comidas y hasta ahora lo hacen. Todos los alimentos en casa eran de todos.

Desde que Andrés y yo nos casamos, compartimos la mayoría de las comidas juntos, no porque lo hubiéramos planeado, sino porque se dio orgánicamente de esa manera. Nunca habíamos hablado de este tema hasta que un día me atreví a comer sin él y no le brindé lo que había preparado. En ese momento me abrió su corazón y me contó que para él significaba mucho el compartir las comidas.

¿Qué hacer con los valores diferentes que hemos aprendido en nuestros hogares? ¿Cómo llegar a un acuerdo con nuestro cónyuge al momento de formar un nuevo hogar? Es muy importante tomar en cuenta estas diferencias porque éstas, así como pueden potenciar nuestro matrimonio, también lo pueden acabar.

A continuación, quiero resumir tres enemigos que podrían estar ocultos en medio de lo que llamamos “nuestros valores familiares” con los que entramos al matrimonio y a los que hay que erradicar en el amor de Cristo.

1) Individualismo

Hay un viejo y conocido refrán africano que dice: “Si quieres llegar rápido anda solo, pero si quieres llegar lejos anda acompañado”. Siempre será más rápido, y a veces más fácil, hacer las cosas uno solo. Uno de los valores del mundo, que en este artículo llamaré “antivalores”, es precisamente el individualismo. ¡Y qué tan lejos de la esencia de Dios está esto! Los llamo antivalores porque están directamente en contra de los valores del Reino. Dios es trino (2 Corintios 13:14) y muy bien conocemos que Él ama la comunión o términos como compañerismo, unidad, intimidad o relaciones (Juan 10: 30, Juan 13:34-35, Juan 17:21-23). Él mismo encarna este valor al ser Padre, Hijo y Espíritu Santo, y gozarse en su identidad.

Él desea que sus hijos experimenten lo mismo viviendo una vida en base a relaciones. Al ser humano, por cuanto es pecador, se le torna difícil relacionarse con otro pecador al igual que él. Es por eso que opta por la opción más fácil de vivir individualmente para ahorrarse los conflictos que pueden darse en las relaciones.

En el caso particular del matrimonio, esta intimidad entre dos seres humanos es mucho más profunda. Dios lo determinó así, de manera que le dijo al varón y a la mujer que serían una sola carne (Génesis 2:24). Este concepto de una sola carne es una locura para el mundo. Es algo imposible de entender y peor de practicarlo. Lo que el mundo dice acerca del matrimonio es:

“Juntos, pero no revueltos. Te dejo entrar a mi vida, pero hasta cierto punto. Comparto contigo el paraíso, pero tus demonios y los míos, mejor no los topemos. Quédate con los tuyos y yo me quedo con los míos, así podremos vivir en armonía”.

El hombre individualista atesora para sí lo suyo. Es por eso que los demonios (pecados) nunca se van de su vida porque no han sido expuestos y enfrentados en el contexto de una relación (Proverbios 27:17).

El considerar en cierto punto que “mi cónyuge no tiene nada que ver conmigo” nos hace egoístas. “Si mi esposo se equivoca en algo, pues que se la arregle él sólo, como bien pueda, que solucione el problema sin mi ayuda, para que aprenda”. Si queda mal, pensamos: “pues se lo buscó”. No consideramos que, si mi pareja queda mal, yo también quedo mal.

Muchas veces somos muy duros con nuestros cónyuges porque nos olvidamos de que somos una sola carne, o porque sencillamente nosotros somos duros con nosotros mismos, y de la misma manera tratamos a nuestra pareja, con altas exigencias y con poca gracia.

El ser una sola carne, tiene que ver con lealtad y complicidad. Le decimos a nuestra pareja: “Si tú ganas, yo gano, si tu pierdes yo pierdo, si a ti te duele, a mí me duele, si a ti te alegra a mí me alegra” (Romanos 12:15).

2) Hedonismo

La RAE describe al hedonismo como la tendencia a la búsqueda del placer y el bienestar en todos los ámbitos de la vida. El ser humano en su naturaleza pecaminosa es hedonista. Busca el placer y huye de todo lo relacionado con el dolor. Muchas parejas se casan con altas expectativas de poder ser felices por siempre. Lamentablemente en la mayoría de los casos, los votos matrimoniales “juntos en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad”, se los dicen de la boca para afuera, sin estar realmente comprometidos con ellos. Muchos matrimonios se terminan al desvanecerse la ilusión de que todo iba a ser color de rosas. Muchos no están dispuestos a vivir la arista sufrida del amor que la misma Biblia la menciona (1 Corintios 13:4).

Al vernos decepcionados muchas veces de nuestro cónyuge, optamos por apartarnos, por hacernos a un lado, por rendirnos y no seguir amando. El hedonismo no cumplido en nuestra vida nos lleva en muchos casos al individualismo. Vivir en el mismo techo, pero separados en alma y espíritu. Pagar con la misma moneda: “Si no me das lo que necesito o lo que yo quiero, yo tampoco tengo porqué darte nada”. Una pareja viviendo juntos, pero remando en direcciones muy distintas y a veces hasta apuestas.

La cooperación no existe y en muchos casos llega la famosa competencia y finalmente el abandono. El que verdaderamente ama no abandona, no se rinde, lucha hasta las últimas consecuencias y apuesta hasta el final por el bienestar de la relación (Mateo 5:38-48).

3) Falso amor

Hace pocos días escuché a un famoso psicólogo dando una charla on-line sobre relaciones de parejas. En su tesis explicaba que existía una diferencia entre el amor universal y el amor entre parejas. Decía que el amor universal es el que uno siente y expresa por la humanidad, por ejemplo, cuando se ayuda dando de comer a los niños de África sin esperar nada a cambio. Pero que el amor de pareja no es lo mismo. Este amor debe ser correspondido, sino no es amor y no funciona.

Lejos de quedarme sorprendida de su afirmación, me confirmó una vez más, los conceptos tan equivocados que el mundo maneja sobre el amor. Me dio hasta un poco de gracia escuchar esta definición de amor universal, un amor que para mí no es amor, ni siquiera porque no espera nada a cambio, “supuestamente”. Esas obras altruistas, muchas veces están lejos de ser amor, son simplemente manifestaciones de nuestro ego, de querer ayudar a otros porque sencillamente esto nos hace sentir bien (1 Corintios 13:3).

Ya Dios lo determinó, el amor no es egoísta, el amor es sufrido. Muchas veces no será correspondido y no por eso deja de ser amor. Todo lo contrario, el amor da sin esperar nada a cambio (1 Corintios 13).

En conclusión, ya sea que estés soltero o estés casado luchando por la causa, no te olvides que primero vas a tener que estar dispuesto a morir.

Para terminar, les dejo esta frase que alguna vez la leí o la escuché por ahí:

“Yo me casé porque tenía tanto amor de parte de Dios que quise entregar lo que me sobraba”.

Les dejo esto por aquí y me retiro lentamente. ¡Hasta una próxima!

 

ESCRITO POR: Daniela Cotrina

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